La obra de Bar Bóo: icono del modernismo gallego

Algunas de sus obras figuran en el Docomomo International.

Bar Bóo, Xosé. Vigo (Pontevedra), 25.IX.1922 – Santiago de Compostela (La Coruña), 22.II.1994. Arquitecto, urbanista, inventor y diseñador.

En Ünique tenemos actualmente en venta una propiedad obra de este genial arquitecto: la Casa Vázquez en Oia. En ella Bar Bóo dio un paso más en su acercamiento a la arquitectura de Wright. Ya no se trataba de unos cuantos elementos tomados de forma aislada, sino de una asimilación profunda de conceptos e ideas. La pendiente del terreno, en caída hacia el norte y hacia las vistas, fue el argumento principal para disponer cuatro planos de hormigón revocado y pintado en blanco, soportados por cinco muros de carga transversales, ejecutados en piedra, que fragmentan los distintos espacios del chalé. Se organizan de esta forma tres niveles: un semisótano que acoge el garaje, vestíbulo, escaleras, juegos y servicio; una planta a cota de la parte trasera, donde se sitúan la cocina, el comedor y los dormitorios; y una planta alta destinada a estar y dormitorio principal que se prolonga en voladizo formando una gran terraza corrida y parcialmente cubierta por un gran alero. Mediante el artificio de desplazar los niveles media planta, las diferentes piezas de la vivienda constituyen una unidad espacial.

Este arquitecto vigués vivió su infancia y adolescencia en el seno de una familia que propició su temprana vocación por la arquitectura, el diseño y las artes aplicadas, lo que permitió que, a los catorce años, diseñara para su casa funcionales e innovadores muebles multiusos integrados en los muros, mesas y estanterías de cristal con barras metalizadas, según la ideología de Breuer.

Cursó sus estudios medios en Vigo y su carrera de arquitecto en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, desde donde, tras obtener el título en 1957, regresó a su ciudad natal para empezar a trabajar. Se doctoró en 1964 y en 1973 fue fundador del Colegio Oficial de Arquitectos de Galicia.

Realizó casi toda su obra, personal y siempre distinta, que abarca casi cuatro décadas, en el sur de Galicia, donde introdujo las nuevas corrientes europeas que marcaron el despegue hacia una nueva línea arquitectónica de diseño racionalista. Este ideal de renovación fue compartido por su compañero de escuela, el arquitecto Andrés Fernández-Albalat Lois, que, en la misma época, también introdujo con sus obras las modernas tendencias en La Coruña.

En el estudio de la obra de Xosé Bar Bóo se distinguen tres etapas evolutivas. La primera discurre entre 1957 y 1963 y se inicia con las grandes innovaciones que aportó a la arquitectura, que se fueron enriqueciendo con diversas invariantes, fruto de posteriores investigaciones, manifestadas a través del minucioso y cuidado diseño con el que controló rigurosamente todo el proceso constructivo de sus obras sin dejar nada a la improvisación. 

Su punto de partida fue rutilante porque, ya su primera obra, el edificio Bar Bóo de 1957, diseñado antes de terminar su carrera, está considerado como su obra más emblemática con la que pasó a formar parte de la arquitectura contemporánea y figura en el Catálogo del Comité Ibérico de Documentación y Conservación del Movimiento Moderno (Docomomo). Este edificio supuso la introducción de una nueva corriente arquitectónica en la ciudad de Vigo, inspirada en las tendencias de matiz racionalista formuladas por los pioneros del Movimiento Moderno, con unas constantes propias sobre las que evolucionó a lo largo de su carrera. Construye la fachada principal a base de vanos acristalados, jardineras y amplios paramentos de rojizo granito pulido que descubren, con su disposición, la relación entre la estructura externa y la compleja y variada distribución funcional que alberga en su interior. Diseñó las plantas diáfanas y llenas de luz, divididas con muebles tabique y desdobladas en varios niveles, intercomunicados por rampas o por diversos tipos de escaleras, tema recurrente de investigación que le conducirá a realizar algunas con valor escultórico. Introdujo la simbología del hogar en torno a la chimenea, otra de sus constantes, a la que dio a lo largo de su vida un valor plástico a través de variadísimos diseños. Otra gran innovación para su época en la ciudad fue la incorporación de un patio-jardín interior al que se asoman las estancias.

Coherente con la evolución social que se estaba produciendo y con los planteamientos formulados por los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna (CIAM) sobre viviendas mínimas, materializó las primeras propuestas de vivienda unifamiliar en las casas Couto, Saldaña y Cendón de 1958. A pesar de la escasez de medios empleados, de ellas emana una serenidad y un perfecto equilibrio entre las masas cúbicas de hormigón sobre un zócalo granítico, sus techumbres planas y sus fachadas con rasgamientos acristalados que permiten, desde el interior, ver el paisaje como si fuera un cuadro. Las tres han sido objeto de estudio y de reiteradas publicaciones en libros y revistas, al igual que la Casa Vázquez (1963), que diseñó con atrevidas terrazas.

La segunda etapa se sitúa entre 1964 y 1983, años de despegue industrial en los que realizó una serie de edificios que son exponentes de los principios éticos que lo guiaron a la hora de diseñarlos, porque están enfocados a humanizar los lugares de trabajo con una línea innovadora, funcionalista y, en cierto modo, organicista, animado por los mismos deseos sociales que en estos casos habían guiado a los grandes maestros de la Bauhaus a quienes tanto admiraba. 

Realizó las fachadas de los edificios de viviendas siempre distintas, con una simetría asimétrica, acentuando sus volúmenes con jardineras, celosías, amplias terrazas y, a pesar del movimiento que de ellas se desprendía, lograba una sensación de orden y mesura. Las revestía de materiales de texturas y colores diferentes otorgándoles gran protagonismo cromático, como en los edificios Cooperativa de San José Obrero (1969) y Vicente Suárez (1972). En esta segunda etapa desarrolló una variada tipología de viviendas unifamiliares y, tratando de paliar los inconvenientes climáticos, las orientaba y abría hacia zonas favorables a la vez que preservaba su intimidad siguiendo los ideales de su maestro espiritual, Frank Lloyd Wright. En cada una definía los deseos y la personalidad de cada propietario y, simbolizando que la casa es un refugio, protegía sus estructuras de mampostería o de hormigón visto, a las que daba un tratamiento escultural, con amplias cubiertas de múltiples facetas abiertas con lucernarios, para que fueran sus propias formas, texturas y colores, los determinantes de su gran expresividad. Estas techumbres, apoyadas sobre puntos invisibles, parecen flotar sobre los muros de los que se separan por acristalamientos horizontales continuos, como se ve en las casas Horyaans (1972) y Ana Míguez (1977), entre otras.

En la tercera etapa (1985-1993) desarrolla una de sus grandes obras, el edificio de los Juzgados de La Coruña, de 1985, situado en un lugar muy visible y bordeado por una arteria principal de entrada a la ciudad. A partir de la fachada principal, formada por dos amplios paramentos graníticos unidos en un vértice, al que se opone un atrio acristalado, se desarrollan los cuerpos laterales del edificio que son recibidos por una rotonda de cristales tintados. De su interior, diáfano y fácil de comprender pero lleno de carga simbólica y filosófica, destacan la blanca columna de mármol que simboliza la Ley y la Justicia, cincelada por Xuxo Vázquez Pardo, y la escalera helicoidal.



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