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Charlamos con Rafa Pier, arquitecto de moda entre una sensible minoría

Piervilariño Estudio, pasión por la arquitectura y el interiorismo.

¿Qué espera de vosotros un cliente cuando decide contactar con el Estudio para que abordéis su proyecto?

Esa pregunta, probablemente, habría que hacérsela a los clientes que vienen a nuestro estudio.

No hacemos publicidad, no tenemos tarjetas ni placa en el portal y, hasta ahora, tampoco teníamos página web (y ahora, es exclusivamente un lugar de contacto), así que todos lo clientes que llegan a nosotros lo hacen por referencias, por el “boca a boca”, o por algún premio o publicación externa con la que se han encontrado.

No es fácil conocernos ni contactar con nosotros, y no se trata de ninguna innovadora estrategia de marketing, simplemente dedicamos toda nuestra energía a los proyectos que hacemos. Nos apasiona nuestro trabajo y, tal vez, esa sea una de las razones por la que los clientes acuden a nosotros. 

 

¿Y al revés?, un cliente contacta, ¿qué desearíais encontrar en vuestro interlocutor?

Por lo que te comentaba antes, en nuestro estudio no suele “caer” ningún cliente despistado. Los que vienen suelen hacerlo ya con referencias y quieren que les hagamos nosotros su proyecto. Son clientes exigentes, con unas expectativas muy altas, sensibles al espacio que los rodea, que buscan una atmósfera, un ambiente determinado y confían en nosotros para crearlo. Y eso no es fácil. Somos conscientes de que el cliente hace una gran inversión y que, al principio, puede estar un poco perdido, pero la confianza minimiza la sensación de riesgo, ayuda a deshacerse de ideas preconcebidas, o al menos a cuestionárselas, y a descubrir juntos aquello que se estaba buscando.

 

En el futuro parece que la arquitectura se abordará dentro de un marco en el que el medio ambiente y la energía jugarán un papel esencial, individual, colectiva, socialmente… ¿Cuál es vuestra percepción al respecto?

A lo largo de la historia, la arquitectura siempre ha sido sensible al medio ambiente, al entorno con el que interactúa. Por ejemplo, coloca galerías al sur en climas fríos o lluviosos, realiza bancales para retener el agua y mejorar las cosechas en zonas con mucha pendiente, abre huecos enfrentados para crear corrientes de aire que generen ventilación en climas cálidos… en definitiva, actúa en simbiosis con el medio. Hemos aprendido a interactuar con la naturaleza para domesticarla, que es el origen de la arquitectura: facilitar la vida al hombre allí donde se encuentre, dando respuestas a los diferentes condicionantes locales y con los medios más accesibles de los que se dispone (en el fondo se trata, cómo no, de economía). Es decir, solucionar problemas con astucia. Eso explica la enorme diversidad de tipologías arquitectónicas en distintos lugares a lo largo de diversas épocas. Hoy, generalizando, cuando abrimos una revista de arquitectura, no sabemos si lo que nos muestra como ejemplo de arquitectura está en Finlandia o en Italia. No domesticamos el entorno, lo sometemos, porque hemos descubierto la tecnología que nos lo permite y no hemos sabido cómo, cuándo y en qué medida utilizarla. Esa tecnología se ha globalizado para solucionar de la misma manera problemas con condiciones de partida muy distintas.

Recuerdo que en los años 90 se llamaban edificios “inteligentes” a aquellos que gracias a la tecnología conseguían ser herméticos, completamente acristalados, cerrados y que confiaban toda la regulación de la temperatura a enormes máquinas de aire acondicionado, daba igual que estuvieran orientados al norte que al sur, en Chicago o en Sidney. Un claro ejemplo de dominio, pues al margen del enorme gasto energético y derroche de recursos, llegaron a crear serios problemas de salud a los usuarios (habrá quien, en estos tiempos de pandemia, aprenda a valorar la importancia de la ventilación natural).

La ciencia y la tecnología son imprescindibles en lo que se refiere a investigación en materiales, sistemas de energía, etc., pero en la misma medida, necesitamos una visión humanista para entender el “porqué”, el “para qué” o el “cómo”.

Es necesario comprender que el edificio más “inteligente” es aquel que necesita los mínimos recursos para funcionar. En ese sentido, el proyecto debe ser una solución, no un problema que luego haya que resolver a través de la tecnología, malgastando recursos.

¿Hay algo en particular del futuro que os preocupe u os mantenga a la expectativa de cara al propio futuro de la arquitectura?

Todo.

La arquitectura es una disciplina con clara vocación humanista, muy transversal, muy general. Lo abarca prácticamente todo; tenemos que saber hacer desde una vivienda unifamiliar hasta un aeropuerto, un hospital o una escuela. En este sentido, tenemos que estar alerta y observar cómo va evolucionando la sociedad para anticiparnos al futuro y poder darle forma.

 

¿Con algún proyecto os sentisteis ante un reto especial? ¿Por qué motivo?

Todos los proyectos son retos especiales. Los condicionantes nunca son los mismos (parcela, topografía, vistas, orientación, historia del lugar, entorno, soleamiento, vientos, escala del lugar, presupuesto, personalidad del cliente...). Esto da lugar a soluciones únicas. Son pistas, hilos de los que tirar para desenredar el ovillo en que se convierte el papel en blanco. Si no hay problemas que resolver, cualquier solución que se adopte se convierte en un “capricho”. 

Y eso es lo que tratamos de evitar al reformar nuestro propio estudio, que quizás sea el reto más especial, por no estar condicionados por ningún cliente y tener, a priori, total libertad. Al actuar sobre un edificio histórico, evitamos “imponernos” con un proyecto preconcebido sobre el papel y, en lugar de añadir más capas constructivas a lo ya existente, que es lo habitual, hicimos lo contrario, ir retrocediendo en el tiempo, eliminando capas progresivamente, desnudando su estructura y los detalles más específicos hasta que el edificio regresa a un punto anterior de su construcción, todavía inacabado. 

Todo lo que hacemos dialoga con el tiempo anterior a la obra y se convierte en el antes de las futuras intervenciones que vayan a producirse.

Cada obra no es más, ni menos, que un eslabón de la cadena temporal con la que se transforma permanentemente un paisaje construido. Un fin y una semilla. El pasado para prever el futuro al construir la realidad del momento. Se trata de avanzar hacia lo que se ignora con ayuda de lo que se sabe.

 

¿Tenéis influencias fuera del entorno de la arquitectura que inspiren vuestros diseños?

Es inevitable, supongo. Pero no son influencias buscadas, eruditas, son motivadas por la curiosidad. De todo se aprende y todo guarda relación con el espacio y el tiempo, que es donde nos movemos. Vivimos en un mundo físico, o al menos influenciado por él. Es imposible no vernos influenciados por otras disciplinas técnicas o artísticas. Y menos aún en estos tiempos de Instagram y Pinterest.

Pero hay otras influencias menos explícitas, más personales, más intangibles, a las que quizás estamos más perceptivos, y son aquellas que tienen que ver más con lo que se siente que con lo que se ve. Antes que arquitectos, somos personas, y hacemos arquitectura para las personas. Cuando me encuentro a gusto en un lugar, trato de estar atento y capturar ese momento. inevitablemente, eso saldrá reflejado en algún proyecto, o eso espero. En ese sentido, no hay mejor arquitectura que la naturaleza. Probablemente sea nuestra mayor influencia. Poca arquitectura puede provocar esas sensaciones. En cierto modo, la arquitectura no deja de ser un paisaje domesticado por el hombre.

 

Imagina que comienzas ahora en la facultad. ¿Qué consejo no te dieron y te gustaría haber recibido?

El mejor consejo es el que no nos han dado. Cuando uno da un consejo involuntariamente traslada su experiencia al otro, aunque pueda ir acompañada de miedos o inseguridades. De todas formas, las experiencias nunca son iguales ni se perciben del mismo modo, así que mejor que cada uno descubra su propio camino. Eso sí, no se nos ocurre peor forma de aprender que seguir un consejo sin comprobarlo.



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